Cambio climático para “dummies”.

(O como explicar a Donald Trump que la Tierra se calienta y la culpa es nuestra….)

Cuando parecía que ya teníamos un largo camino recorrido y tras décadas en las que incluso la comunidad científica no se ponía de acuerdo, habíamos empezado estos últimos años a centrarnos más en resolver el problema que en cuestionarlo. Pero, tras la llegada de Donald Trump, un debate que parecía cerrado, irrumpe de nuevo: el reciente máximo responsable de la Agencia Medioambiental americana, Scott Pruitt, ha expresado sus dudas sobre la responsabilidad del hombre sobre el cambio climático o si incluso este cambio climática se está realmente produciendo.

¿Cómo le explicaríais a Donald Trump que el cambio climático es una realidad y que nuestras actividades influyen enormemente en el mismo? Pues bien, aun a sabiendas de la dificultad de la tarea, aquí va un intento.

No es la primera vez que ocurre, pero esta vez es diferente: efectivamente, no es el primer cambio climático de envergadura que ocurre desde el origen de nuestro planeta. Más bien al contrario, la Tierra ha pasado por cambios bruscos en lo que se refiere al clima a lo largo de su dilatada historia. Glaciaciones, variaciones de la órbita terrestre entorno al sol, nubes de ceniza debido a gigantes erupciones volcánicas… Lo que lo hace diferente esta vez son principalmente dos causas: primero, nosotros, la humanidad, estamos aquí (no Donald, cuando se extinguieron los dinosaurios, a pesar de lo que recuerdes de los “Picapiedra”, el hombre no existía como especie). Y segundo, esta vez está sucediendo muy rápido. Eso quiere decir que sus efectos son visibles incluso en el transcurso de una única generación.

El principal elemento que lo está causando es el efecto invernadero y nosotros lo hemos potenciado con nuestra actividad: imagínate, Donald, que estás en el último piso de tu imponente rascacielos de la Quinta Avenida en Nueva York, bajo un cielo despejado con temperaturas que alcanzan los 30 grados. El aire acondicionado no funciona. ¿A que esa especie de invernadero gigante que has montado en la última planta no es el mejor lugar del edificio para refrescarte? Pues bien, lo que ocurre en ese lugar también le pasa a la Tierra, y se llama efecto invernadero. Y no, lejos de ser algo perjudicial, es lo que evita que la Tierra experimente variaciones de temperatura enormes entre el día y la noche y que permite así mismo temperaturas suficientemente elevadas para que no nos congelemos. El problema surge cuando con nuestra actividad somos capaces de variar ese delicado equilibrio energético entre el Sol y la Tierra. Nuestro planeta ha demostrado una capacidad fascinante para equilibrase cuando las cosas ocurren de una forma no brusca. O incluso para hacerlo frente a cambios rápidos, aunque a muy largo plazo. Pero, ¿qué ocurre si nosotros, una especie con una capacidad limitada de adaptación, conseguimos desencadenar un cambio cuya velocidad supere nuestra capacidad para adaptarnos al mismo? Pues bien, eso lo hemos conseguido principalmente a base de expulsar a la atmósfera cantidad ingentes de gases que potencian el efecto invernadero, especialmente el CO2 (dióxido de carbono) que superan con creces la capacidad de la Tierra para asimilarlos.

La cantidad de CO2 en la atmósfera crece de forma exponencial más o menos a partir de la Revolución Industrial: al principio eran sólo unos pocos científicos que empezaron a medir la concentración de CO2 en la atmósfera intentado documentar una teoría que les estaba rondando la cabeza. Efectivamente, no tenían el apoyo de la comunidad científica en bloque, incluso había más científicos incrédulos o negacionistas que los que apoyaban la causa. Ya sabes, Donald, no es la primera vez que ocurre a los largo de nuestra historia, sino que se lo cuenten a un tipo que se llamaba Galileo o, más recientemente, a otro de nombre Darwin. Pregunta por ahí a tus asesores, seguramente te podrán informar (espero…). Hoy en día entorno al 97% de la comunidad científica defiende la idea de que el CO2 es el principal causante del aumento de temperatura media de la Tierra (al potenciar el efecto invernadero al que antes hacíamos referencia) y que está teniendo consecuencias importantes en los distintos climas que se dan en nuestro planeta. Para darte un ejemplo, durante todos los meses de 2016 la concentración de CO2 ha superado los 400 ppm (parte por millón), y su valor se ha incrementado en más de 30 unidades en las dos últimas décadas, una variación que no se había producido en los miles de años anteriores que se han podido documentar. Otro dato importante: la comunidad científica considera que el punto de no retorno, a partir del cual no podremos evitar un aumento medio de la temperatura de 2 grados hasta final de siglo, que se considera altamente peligroso, está en los 450 ppm. Asusta, ¿eh?

 

Un aumento de 2 grados hasta 2100 no parece demasiado: lo sé Donald, 2 grados no parecen mucho, pero tienes que entender que este aumento hace referencia a un valor medio, por lo que habrá lugares en los que el aumento será casi imperceptible (o incluso la temperatura bajará…) y otros dónde este aumento será mucho más importante. Y como antes te explicamos, la Tierra en general y nosotros, los seres vivos, en particular, tenemos una capacidad de adaptación limitado cuando cambios de esa envergadura se producen en intervalos relativamente cortos.

Los efectos de estos cambios, tanto directos como indirectos, son innumerables: El clima responde a equilibrios muy delicados. La evaporación del agua, las corrientes de aire, las corrientes marinas, todos ellos son altamente sensibles a las variaciones de temperatura. Algunos de estos efectos son fáciles de predecir y ya los estamos experimentando: deshielo de los casquetes polares con el consecuente aumento del nivel del mar, desaparición de los glaciares, mayor riesgo de incendios, sequías o hambrunas debida a la pérdida de cosechas. Otros, menos evidentes, tienen igualmente importancia: disminución del efecto “albedo” (reflejo de la luz solar) haciendo que la Tierra absorba más calor, acidificación de los océanos afectando a las distintas especies especialmente a las grandes barreras de colar, cambios en los hábitos migratorios de los animales o de sus hábitos reproductivos, disminución de las masas vegetales, etc.

Donald, ya sé, tú me dirás que el que haya menos animales o que las playas mengüen unos metros no es nada que una buena promoción urbanística no pueda remediar. Pero me gustaría que prestases más atención a esos informes de los servicios de inteligencia con los que todos los presidentes que te precedieron solían desayunar, para ver cómo las sequías producen guerras, las hambrunas personas que cruzan fronteras y los tifones se suelen cebar en alguno de esos estados en los que próximamente no habrá “Obamacare”.

Climate… first!

 

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