Plástico: el material que vino para quedarse.

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Cuando a comienzos del siglo XX el químico norteamericano de origen Belga, Leo Hendrik Baekeland, sintetizó un polímero a partir de moléculas de fenol y formaldehído es posible que no fuese consciente de que con su descubrimiento, la baquelita, el primer plástico sintético de la historia, iba a revolucionar la tecnología moderna iniciando lo que luego se conocería como la “era del plástico”. Con este descubrimiento había dado el primer gran paso hacia la fabricación en masa de un material barato y duradero que, a la postre, se ha convertido en uno de los productos que más quebraderos de cabeza está ocasionando a lo largo y ancho del planeta.

Por hacernos una idea rápida de dónde reside el principal problema de los plásticos, un pequeño ejemplo: si comparamos el tiempo necesario para que se degrade una bolsa de plástico de las actuales y lo comparamos con el que sería necesario para la degradación de una bolsa de papel de las que eran habituales hasta comienzos de los años setenta, vemos que una bolsa de polietileno necesita del orden de 150 a 600 años frente a menos de un año cuando se trata del papel.

¿Cómo es posible que un problema de esta dimensión no haya sido evidente hasta tiempos tan recientes? La explicación vista en perspectiva parece bastante obvia, pues desde el punto de vista de la economía tradicional un material barato, fácil de fabricar, moldear y por encima resistente es una especie de quimera. No es hasta el momento en el que en la ecuación se incluye el problema de la masificación de los residuos y de sus problemas derivados que la quimera se convierte en pesadilla. Esta es una de las razones de la relevancia que está adquiriendo la economía circular pues sitúa el aprovechamiento de los recursos al mismo nivel que otros criterios, como pueden ser los económicos.

Las cifras relativas a la fabricación de plásticos a nivel mundial son difíciles de determinar debido a la gran variedad de éstos y a sus distintas aplicaciones, pero en cualquier caso son enormes: si analizamos uno de los mercados más avanzados del mundo como es el norteamericano cada semana se desechan del orden de 500 millones de botellas de agua de plástico. Este número de botellas generado solamente durante una semana y por únicamente el 5% de la población mundial daría la vuelta al mundo unas cinco veces… Otro dato: teniendo en cuenta los tiempos medios de degradación de los plásticos (algunos tardan hasta 1000 años en ser degradados) hay que suponer que los millones de toneladas de plásticos que han sido fabricados desde su invención están todavía entre nosotros.

¿Cuáles son las consecuencias más inmediatas de esta acumulación de plásticos a lo largo del planeta? La primera y más evidente es la degradación visual de los ecosistemas. En algunos casos con acumulaciones de proporciones gigantescas hasta en emplazamiento a miles de kilómetros de dónde son fabricados y utilizados: el ejemplo más conocida es la famosa “isla de plástico” que se sitúa en el Pacífico Norte y que ocupa una superficie de 1400000 km2 y que se forma a partir de un vórtice de corrientes oceánicas. Pero tristemente no es el único caso.

Otro ejemplo: el 100% de las muestras de arena de playas de todo el mundo contienen contaminación por microplásticos. En algunos casos, la playa de Kamilo Beach en Hawai es un buen ejemplo, el número de partículas de plásticos está al mismo nivel que el de la arena natural. La fracturación de algunos plásticos en trocitos diminutos es otro de los grandes problemas de este material: los plásticos más grandes, como las bolsas son ingeridas por multitud de animales que fallecen asfixiados (ballenas, tortugas, aves marinas,…) y los trozos más pequeños por seres microscópicos como el plancton, que contaminan la cadena alimentaria desde su nivel más primario.

Aparte de los problemas puramente mecánicos que existen asociados a la ingestión accidental de plásticos por multitud de especies, existen otro tipo de riesgos derivados de las características químicas de muchos de los aditivos utilizados durante su fabricación. El caso del “Bisfenol A” (BFA) es el más conocido, pero no es el único, pues existe un gran hermetismo en la industria entorno a los aditivos utilizados. Este compuesto, que fue retirado de los biberones en Europa en 2011, sigue rodeado de una gran polémica: se trata de un “disruptor endocrino”, es decir, un elemento capaz de causar desequilibrios en el sistema hormonal incluso en concentraciones muy bajas. Su utilización no ha sido todavía completamente prohibida, aunque la EFSA (European Food Safety Authority) la mantiene bajo vigilancia a instancias de algunos estados miembros como es el caso de Alemania. Otro problema añadido al de la potencial toxicidad de los aditivos mencionados, es el relacionado con la capacidad de los plásticos para atraer y acumular contaminantes hidrofóbicos (es decir, aceitosos) del agua del mar, como DDT y PCBs.

Ante esta perspectiva, ¿qué es lo que se puede hacer? Pues la respuesta más inmediata apunta a un modelo productivo derivado de prácticas de consumo que son incompatibles con el medio ambiente, incompatibles, a término, con un modelo de desarrollo sostenible. El “usar y tirar”, por mucho que se desarrollen las políticas de reciclado, no parece el modelo el más indicado en un planeta con recursos limitados y en donde todas las estimaciones apuntan a que los 7000 millones de habitantes actuales se convertirán en 10000 millones hacia mediados de siglo.

A grandes rasgos, hay dos aspectos en dónde se pueden hacer grandes avances para atajar el problema: el primero, cambiando nuestros hábitos de consumo. Una pequeña reflexión sobre la huella ecológica de nuestro día a día nos puede dar infinidad de pistas: renunciar al agua embotellada de plástico, usar bolsas de plástico reutilizables, maquinilla eléctrica en lugar de las desechables, evitar el uso de pajitas, vasos y platos desechables, etc. El segundo, presionando a las administraciones para que promuevan leyes que primen a aquellas empresas que se preocupan de su huella ecológica al tiempo que penalizan a las que no lo hacen. De esta manera se potenciarán aquellas que diseñan sus productos desde una perspectiva circular, en dónde los productos duran, tiene fácil mantenimiento y reparabilidad y sus materiales son fácilmente reutilizables a la vez que se ocupan del fin de vida de éstos al final de su ciclo. Solamente así habrá futuro y no tendremos que enfrentarnos de nuevo a materias que vinieron para quedarse.

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