El demonio de Uber frente a los taxistas. ¿Así de simple?

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El sector del Taxi acusa a los nuevos operadores de intrusismo y de ofrecer sus servicios sin respetar el marco legislativo actual. Además, afirman que consiguen abaratar los precios a base de no cumplir con los mínimos exigidos a nivel de seguros, garantías técnicas de los automóviles o de competencia de los conductores, a la vez que anuncian la destrucción de un sector importante para la economía que, a diferencia de lo que suelen hacer las multinacionales, paga sus impuestos localmente. Uber se defiende diciendo que cumplen estrictamente la ley, operando con licencias VTC (licencias para Vehículos Turismos con Conductor) y que su enfoque del negocio no hará otra cosa que mejorar el servicio, creando puestos de trabajo complementarios y abaratando los costes.

Para entender las diferencias entre el servicio de taxi tradicional y el que ofrecen los nuevos operadores es necesario aclarar ciertos puntos:

  • Uber no tiene vehículos en propiedad, al igual que no tiene conductores en plantilla. Es una plataforma que se limita a poner en contacto a clientes con conductores autónomos que poseen un vehículo. Por esta gestión Uber se lleva una comisión. Partiendo de este principio, Uber ha defendido siempre que no debería someterse a la misma regulación que el sector del taxi.
  • El marco legal no es idéntico en todos los países, y aunque ha habido lugares dónde estos nuevos servicios han sido suspendidos cautelarmente por sentencia judicial (es el caso de Barcelona en dónde se ofrecía el servicio UberPop en dónde la “carrera” era efectuada por un conductor no profesional) hay que decir que en el resto de lugares en dónde opera (Madrid, por ejemplo) lo hace bajo una licencia VTC. Es, por lo tanto, un servicio legal, en dónde sus conductores se han apoyado en un tipo de licencia ya existente pensadas en su día, posiblemente, para otros fines (licencias VTC, las que tienen, por ejemplo, los conductores de limusinas)
  • Es este vacío legal el que ha permitido un galimatías judicial (Ley Omnibus vigente entre 2009 y 2013) que se intentó remendar en 2013 con otra ley poco madura que está recurrida por la Comisión Nacional del Mercado de la Competencia: la primera abrió una ventana para realizar un servicio similar al del taxi pero mucho menos regulado, y la segunda intentó remendar el error limitando el número de licencias VTC a 1 por cada 30 de taxi.
  • Hace falta recordar que las licencias VTC están limitadas a los viajes que hayan sido acordados con antelación, es decir, un conductor de Uber no tiene derecho ni a recoger a una persona por la calle ni en una estación o aeropuerto. En este sentido, es cierto que las inspecciones han demostrado que había una parte no despreciable de conductores que no respetaban esta restricción (1 de cada 5 conductores de estas licencias VTC ha sido sancionado por recogida ilegal de clientes)

A pesar de lo que se pueda decir, es cierto que el sistema de licencias existente en las grandes ciudades no ha resuelto los grandes problemas de movilidad a los que estas urbes se están enfrentando. El taxi nunca ha sido una alternativa “generalizada” para el ciudadano de a pié. Sus tarifas, resultado seguramente del sistema de licencias que ha resultado altamente especulativo (1 millón de dólares en Nueva York, 250000 € en Madrid), no son “populares”. La falta de una competencia real ha hecho que en promedio el servicio no destaque por su calidad a la vez que pagas lo mismo por un viaje realizado en un taxi mal cuidado sin aire acondicionado que en un coche de alta gama de última generación. Y en el caso de que tengas una mala experiencia el sistema de reclamaciones, aunque existente, no se puede considerar especialmente eficiente.

Un informe presentado recientemente por Uber encargado a la consultora AFI, presenta algunas pista que, aunque sus cifras pueden ser discutidas, resulta difícil de rebatir a muchos de sus aspectos:

  • Los coches se han convertido en un verdadero problema en las grandes ciudades. Cerrar la puerta a las nuevas soluciones (car poolling, optimización de recorridos, fomentando el uso de transporte público, incluido el taxi, pero a precios más competitivos,…) no parece que sea la buena solución. La búsqueda de soluciones que racionalicen el uso del vehículo y que se apoyen en las nuevas tecnologías (Big Data) es una obligación, teniendo en cuenta los fuertes impactos tanto medioambientales como en materia de salud pública que esta racionalización implicaría.
  • La democratización de los servicios a través de aplicaciones móviles es un hecho constado: basta ser usuario de aplicaciones como “Booking” o “Amazon” para conocer las ventajas de este tipo de servicio, en dónde la satisfacción del usuario es protagonista y en dónde los que objetivamente mejor lo hacen salen recompensados. ¿Os imagináis que un taxista tuviese que devolveros el dinero por haber realizado un servicio pésimo? Pues ésto en Uber ocurre (poco porque es el propio conductor que se preocupará de que la puntuación sea buena por el fuerte impacto que tiene en su negocio)
  • Las tarifas se verían reducidas de forma importante (el estudio cifra entorno a una reducción entre el 30 y el 50%). Esto haría que más usuarios reclamasen los servicios haciendo que más conductores pudiesen trabajar, a la vez que se animaría a parte de la población a dejar su coche en casa o incluso a prescindir de él (los impactos en términos de nuevos puestos de trabajo se cifran en unos 7000 en Madrid y unos 1000 en Barcelona, una importante parte de los mismo generado por un trasvase desde el taxi tradicional a las nuevas licencias VTC)

Es obvio que desde las Administraciones no sólo se debe establecer un marco legal claro (cosa que no se ha hecho por el momento) sino facilitar las condiciones para que esta transición se haga de forma ordenada. Para evitar los efectos colaterales negativos que un cambio brusco en un modelo económico pueda generar, se deben acompañar a los actores potencialmente más perjudicados para que todos encajen en el nuevo marco, sin dejar, a ser posible, nadie atrás. Pero lo que no parece tampoco lógico es apoyar en exceso a quién en su día quiso especular con una licencia de taxi y pagó una fortuna por la misma.

Como recientemente apuntaba Enrique Dans en un artículo sobre la huelga de taxis en España, el verdadero problema del sector tradicional del taxi no son las licencias VTC, sino la rápida evolución de la tecnología que en pocos años permitirá que los coches conduzcan de forma autónoma. Y de éste, por ahora, parecen no haberse enterado.

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