Incendios: qué puede aportar la tecnología a un problema que va más allá de lo puramente forestal.

¿Por qué se producen los incendios?

Ésta es la pregunta del millón, pero como todos los problemas complejos, las respuestas no son tampoco sencillas. Algunos aspectos trascienden a lo local: hay estudios realizados en Estados Unidos, otro de los lugares de los que muy a menudo recibimos noticias de devastadores incendios difíciles de controlar, que afirman que los fuegos en este país se han disparado hasta en un 50% en los últimos 5 años, incremento que muchos asocian de forma directa al aumento que han experimentado las temperaturas a nivel global. El cambio climático es sin duda un problema que concierne a una parte importante del planeta. Pero también hay aspectos cuyo origen y explicación hay que buscarlos en un ámbito mucho más local. Así, por ejemplo, la ordenación territorial de cada zona, la tipología y distribución de las especies vegetales existentes, o incluso la topografía del terreno, son variables que pueden en gran medida ayudar a entender el problema desde una perspectiva mucho más local.

Para que se produzca un incendio tienen que confluir tres factores: alguien o algo que inicie el fuego, un combustible y unas condiciones meteorológicas que lo propicien. Estos tres factores ya nos dan algunas pistas sobre por dónde podrían venir las soluciones, así como nos ayudan a entender los intensos debates que surgen en los medios cada vez que los incendios en los bosques son los protagonistas. ¿Conspiración orquestada para conseguir madera a buen precio? ¿Recalificación de terrenos? ¿Locos incendiarios que actúan solos? ¿Bosques poco cuidados y que no han sido “desbrozados” como sería necesario? ¿Condiciones de temperatura, humedad y viento que hacen inevitable el incendio? La respuesta, seguramente, lejos de concernir a un único aspecto de los mencionados, se deba construir a partir de todos ellos.

Grado de urbanización de Galicia (fuente: GCiencia)

Cuando se consulta a los especialista curiosamente suele haber consenso. Como principal problema no aparecen los incendiarios, sino los problemas derivados de la ordenación del territorio. La tendencia en las últimas décadas ha sido de una migración de la población del rural hacia los núcleos urbanos, con el consecuente abandono de las actividades asociadas al campo, como son la ganadería y la agricultura. Esto ha generado grandes “zonas de vacío” cuyos usos se han repensado principalmente para dar servicio a las urbes sin una reflexión suficiente de los problemas derivados de estos nuevos usos: las explotaciones forestales de monocultivos orientados a la industria o el abandono de cultivos autóctonos en beneficio de los mismos productos que vienen de fuera son dos buenos ejemplos, aunque no son los únicos (proliferación de aerogeneradores, construcción de embalses,…). Esta teoría viene apoyada por el registro histórico de los incendios en Galicia, en dónde la coincidencia entre las zonas que han sufrido una despoblación más acentuada en los últimos años y la superficie quemada es elevada. Como consecuencia de este abandono del campo grandes superficies agrícolas han sido remplazadas por monocultivos forestales principalmente de especies pirófilas, como el pino y el eucalipto y la contención natural del bosque bajo, o sotobosque, que realizaban las ovejas o las cabras, ha desaparecido.


¿Qué se puede hacer para prevenirlos?

Plantación de eucaliptos (Fuente: AgenciaSinc)

Como ocurre muy a menudo, hay soluciones que se pueden aplicar a corto plazo y otras, las que seguramente tratan más directamente la raíz del problema, requieren una política más a medio y largo plazo. Entre las primeras se encuentra el respeto por las leyes ya vigentes, como puede ser el mantener las distancias de seguridad o la prohibición de plantar especies pirófilas cerca de las viviendas. Por otro lado, es también conocido entre los especialistas que los monocultivos favorecen que cualquier patógeno o desastre natural se extienda. Esto es especialmente cierto cuando se habla de los eucaliptos y los pinos, auténticas bombas de relojería cuando concurren determinadas condiciones de humedad y temperatura. Especies caducifolias como pueden ser los castaños, los robles, los nogales o los cerezos presentan una resistencia natural al fuegos más elevada y además impiden que la luz pase al suelo, controlando de forma natural el crecimiento del sotobosque a la vez que mantienen mejor su humedad.

Se deben recuperar los usos del monte, tanto el agrícola como el ganadero, pues estos usos no solo hacen que los fuegos sean menos frecuentes, sino que en caso de producirse son mucho más controlables.   Pero también se debe recordar a los propietarios, tanto los individuales como las comunidades de montes, que la propiedad implica no solamente un derecho sino principalmente una obligación: de mantener el bosque limpio, de hacer una política de prevención, de minimizar los riesgos de una explotación que les está dando beneficios. El tener el monte limpio, desbrozado, o el ser consciente de los riesgos que se incurren cuando se opta por una especie u otra, entra dentro de las responsabilidades a las que los propietarios deberían hacer frente. Si uno opta, por ejemplo, por plantar eucaliptos cuyos beneficios son a más corto plazo, debería asumir igualmente que está plantando una especie que presenta un riesgo frente a los incendios mucho mayor que otras especies no pirófilas. ¿Se comportarían del igual modo las comunidades de montes si los costes asociados a la extinción de un incendio repercutiesen directamente en sus resultados?

En definitiva, se debe gestionar el territorio de forma conjunta, conjugando los beneficios de los propietarios con los de la comunidad. La gestión forestal no tiene sentido si no se habla en paralelo de la agricultura, la ganadería, la conservación de biodiversidad o de la gestión del agua, por citar algunos ejemplos. Y, como se ha visto recientemente cuando los incendios han llegado a los núcleos urbanos, el problema no es sólo un problema del rural, sino que concierne a toda la sociedad en general. Todo esto no se podrá alcanzar si a término no se le facilita la vida a la gente del rural y así intentar retener e incluso ampliar su población.


¿Qué se puede hacer para apagarlos? ¿Cómo pueden ayudar las nuevas tecnologías?

Uno de los drones utilizado para asistir en las labores de extinción de incendios (Fuente: dronelife).

 Cuando hablamos de extinción irremediablemente pensamos en los efectivos y los medios que existen sobre el terreno para controlar las llamas. Estos efectivos se deben dimensionar en función de la época del año y sobre todo se deben coordinar de una forma eficiente una vez que el incendio ya está en marcha. Es en estos dos factores, dimensionamiento y coordinación, en dónde el “Big Data” y las nuevas tecnologías tienen un amplio potencial todavía por explotar. Las variables que influyen en la aparición y el desarrollo de un incendio son muchas: fuerza y dirección del viento, tipo de vegetación, topografía del terreno, exposición al sol, altura de la superficie arbolada,… Empezamos a tener un conocimiento preciso de estas variables y ,sobre todo, contamos con un registro histórico del que poder sacar conclusiones del pasado que nos permitan tomar las decisiones más correctas en el futuro.

A día de hoy ya se utilizan modelos informáticos que predicen a partir de variables estadísticas dónde y cuándo se van a producir los próximos fuegos: parten de modelos que cartografían las zonas a mayor riesgo y que cruzados con datos meteorológicas (temperatura, humedad, velocidad del viento) aportan información muy detallada de dónde se pueden producir los próximos incendios o de cómo puede evolucionar un fuego ya en curso. Un ejemplo de esto es el sistema creado por el gallego Alejandro Gómez Pazo quien desarrolló un modelo de “Riesgo de Ignición Forestal en Galicia” que mostró un grado de coincidencia asombrosamente elevado con las zonas afectadas por la ola de fuegos de mediados de octubre. Otros modelos se centran en obtener conclusiones de la eficacia de las acciones puestas en marcha en la prevención de los incendios. Este es el ejemplo de Mark Cochrane del “Centro de Ciencias Geoespacial de Dakota” quién estudió cuáles eran las mejores prácticas para prevenir los fuegos partiendo de datos reales, concluyendo que el “clareo” o poda selectiva así como las quemas controladas eran la manera más eficiente de evitar los incendios en la zonas del país en las que desarrolló su estudio. Todos estos modelos, van ganando en eficiencia a medida que la capacidad de procesado de datos va creciendo y que los datos disponibles a través de satélites, sensores y registros históricos va aumentando, haciendo que cada vez sea más precisos en sus conclusiones.

Otro campo en el que se están abriendo un gran número de posibilidades es en lo referente a la utilización de drones combinados con sistemas GPS , cámaras y otro tipo de sensores. Este tipo de dispositivos asociados a programas específicos aportan herramientas muy potentes en lo que se refiere a la coordinación de los equipos que intervienen en la extinción de los incendios, suministrando información en tiempo real a la vez que permiten una proximidad a las llamas antes inimaginable por razones de seguridad.

 

 

Sé el primero en comentar

Dejar una contestacion

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.


*


*