Los grandes desafíos medioambientales a los que nos enfrentamos

 

Corre aproximadamente el año 5000 a.C. y estamos al final de la primera gran revolución social, el neolítico, cuando dejamos de ser nómadas. Aparecen los primeros asentamientos tras el descubrimiento de la agricultura y la ganadería y la población mundial ronda los 5 millones de personas. Cinco milenios después, cuando un tipo que se autoproclama mesías de todos los judíos acaba crucificado en el Monte Calvario, la población apenas alcanza los 170 millones. Para que se hagan una idea, la población actual de Bangladesh.

1500 anos más tarde, cuando un navegante genovés financiado por la corona de Castilla llega, sin saberlo, a un nuevo continente, la población rondaba los 450 millones. La misma que habita, a día de hoy, Japón y Estados Unidos juntos… Al final de la Segunda Gran Guerra, a pesar de las múltiples bajas que las dos grandes contiendas habían producido, la población alcanza ya los 2500 millones. Recién estrenado el 2018 los datos demográficos mas recientes nos sitúan a los 7600 millones, con proyecciones para final de siglo que se superan ampliamente lo 10.000 millones… Y todo esto, créanme, en un planeta que, lejos de crecer, muestra yo claros síntomas de agotamiento.

Cuando uno se hace la pregunta de cuáles son los desafíos medioambientales más importantes a los que se enfrenta el hombre, nuestra sombra parece oscurecerlo todo: con su irrupción en la Tierra, el hombre ha resultado ser la primera especie capaz de poner en peligro el frágil y complejo equilibrio que, hasta la fecha, había permitido que todo funcionase. Todos los desafíos medioambientales a los que nos enfrentamos tienen como origen, sin excepción, nuestra actividad, y como consecuencia, la incapacidad de la Tierra para equilibrarse a una velocidad compatible con nuestras necesidades. Este fenómeno es de tal envergadura que los geólogos han bautizado al actual periodo como Antropoceno.

Las consecuencias de nuestra actividad son muchas, algunas más conocidas debido a las noticia, otras, de igual o superior importancia, únicamente en ambientes científicos. Aunque algunos establecen el inicio de este periodo en el momento en que empezó la agricultura, lo que parece que nadie discute es que sus efectos empiezan a mostrarse de una manera clara a partir de la Revolución Industrial, momento en el que la sustitución de la fuerza bruta por máquinas vino a multiplicar de forma exponencial nuestra capacidad de influir en el entorno.

El cambio climático como consecuencia del efecto invernadero estaría, a buen seguro, en el pelotón de cabeza de los actuales desafíos medioambientales. La emisión de gases de efecto invernadero a la atmósfera, especialmente la de dióxido de carbono procedente de la utilización de combustibles fósiles, es la responsable principal del calentamiento progresivo que está sufriendo el planeta. Esta emisión acelerada de carbono a la atmósfera, ha venido a desequilibrar un ciclo natural mediante el cual el carbono se depositaba lentamente en nuestros subsuelos para después ser liberado de igual manera. Las consecuencias de este cambio son múltiples y no están todavía todas bien documentadas: elevación del nivel de los océanos, acidificación de los mares, fundición de los casquetes polares, desertización… con devastadores efectos en los distintos ecosistemas y en actividades de fuerte importancia para el ser humano como pueden ser la agricultura o la pesca.

Una de las característica de este nuevo periodo, el Antropoceno, es que estamos ya inmersos en la “Sexta Gran Extinción”. Es muy posible que nuestros hijos a lo largo de su vida sean testigos de la extinción de unas 400 especies, un número mucho más elevado del que nosotros vamos a presenciar. La velocidad a la que se produce este fenómeno se ha multiplicado por 100 en los últimos cinco siglos. La última vez que ocurrió algo parecido, fue hace 65 millones de años, y de aquella desaparecieron el 75% de las especies que poblaban el planeta, entre otras, los dinosaurios.

Un fenómeno mucho menos conocido pero igualmente de importantes consecuencias para el medioambiente, tiene que ver con los ciclos del nitrógeno y el fósforo. En el caso del nitrógeno, el aporte externo de este compuesto debido a la agricultura industrial tiene efectos perturbadores en el fitoplancton, un microorganismo fundamental en el ecosistema de nuestros océanos. Así ocurre, por ejemplo, en la desembocadura del río Mississippi en el Golfo de México, en dónde una ingente cantidad de fertilizantes es arrastrada todos los años hasta al mar produciendo de manera cíclica un crecimiento anormal del fitoplancton. Éste, al momento de descomponerse, da lugar a grandes zonas muertas, en dónde las especies marinas no consiguen sobrevivir.

La escasez de recursos es, sin duda, otro de los grandes desafíos a los que nos tendremos que enfrentar. El agua, sujeta cada vez más a los vaivenes del cambio climático, así como a la creciente dificultad de disponer de agua potable debido al efecto de nuestra actividad sobre los acuíferos, será cada día un bien más escaso. Hace pocas semanas, Ciudad del Cabo anunció que de seguir con la actual sequía que ya dura tres años se quedarán sin reservas de agua a principios de abril. De llegar a producirse, sería la primera vez que una ciudad de esta envergadura se encontrase en semejante situación. Si el crecimiento exponencial de la población se mantiene, el problema alcanzará a todo tipo de recursos: alimentos, materias primas,… El injusto reparto actual de estos recursos parecerá una anécdota si se llega al punto en el que las necesidad totales sobrepasen claramente nuestra capacidad de producción.

En un informe reciente, la Organización Mundial de la Salud (OMS) afirma que más de 5,5 millones de muertes al año en el mundo están directamente relacionadas con la polución del aire. Esta cifra es mayor que la de muertes relacionadas con la malaria y el SIDA juntas. Las partículas en suspensión, al penetrar en nuestros pulmones, son las responsables de múltiples patologías asociadas al sistema respiratorio. Ocurre lo mismo con los hidrocarburos, óxidos de nitrógeno, de azufre o el ozono que inundan en especial nuestras grandes ciudades. También se ha demostrado que la inhalación de estos componentes a partir de determinadas cantidades produce enfermedades cardiovasculares. La situación está totalmente fuera de control en algunas ciudades de la India o China, y aunque en Europa los valores medidos están todavía lejos de los allí registrados, empiezan a alcanzar valores medios anuales considerados por la OMS peligrosos.

La deforestación, debido a la creciente voracidad por el consumo de madera, así como la construcción de infraestructuras como carreteras o el uso de grandes territorios para pastoreo, es otro de los problemas relacionados con el crecimiento exponencial de la población. El papel de las grandes masas arbóreas del planeta en el ciclo del carbono, su influencia en el clima o la biodiversidad que cobijan, son sólo algunas de las razones por las que la desaparición de estos pulmones verdes debería inquietarnos. Para entender la escala del problema una sola cifra: según datos del Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF) la pérdida diaria de superficie arbolada en la Amazonia es equivalente a 4500 campos de fútbol.

Mucho antes de que asociásemos las emisiones de los vehículos con el cambio climático, aprendimos del efecto de nuestra actividad por el agujero de ozono. Ese agujero, que se situaba sobre la Antártida, amenazaba con destruir esa capa que nos protege de la radiación ultravioleta. Este problema derivó en la firma en 1987 del “Protocolo de Montreal”, en el que se alcanzó un compromiso para reducir la producción de CFC (compuestos clorofluorocarbonados). Contrariamente a lo que hasta hace poco se pensaba, los efectos de esta reducción han sido más bien limitados. Aunque el gran agujero de la Antártida se ido progresivamente cerrando, un equipo de científicos ha determinado recientemente que los niveles de ozono se están reduciendo peligrosamente en la parte más baja de la estratosfera (entre 15 y 24 kilómetros de altura) y en latitudes más bajas, dónde mucha más gente habita.

La Wikipedia define a las “especies invasoras”, como “… animales, plantas u otros organismos que se desarrollan fuera de su área de distribución natural, en hábitats que no le son propios o con una abundancia inusual, produciendo alteraciones en la riqueza y diversidad de los ecosistemas”. ¿A partir de cuándo nos deberíamos considerar una especie “inusualmente abundante”? Incluso si la humanidad con su asombrosa capacidad para buscar nuevas y sorprendentes soluciones llega a optimizar el uso de los recursos y minimizar el impacto de su existencia, el actual crecimiento demográfico se convertirá, más pronto que tarde, en nuestro talón de Aquiles.

La solución no pasa por la imposición de medidas coercitivas como las aplicadas hace no mucho en China que violan el derecho de las personas a decidir sobre su futuro. Sin embargo, cuando algunas estadísticas muestran que cuatro de cada diez embarazos que se producen en el mundo son involuntarios, hay espacio para un crecimiento menos pronunciado a través de la educación, la política de salud pública y la conquista de derechos que desde hace ya mucho se les niegan a una parte importante de la sociedad.


Fuentes:

> Planetearthherald: Top 10 Environmental Issues Facing Our Planet
> El país: La sexta gran extinción está en marcha
> The Independent: Radical solutions to the air pollution crisis from around the world
> Hipertextual: La capa de ozono está disminuyendo (por sorpresa) en algunas latitudes
> World Air Quality Index: World Air Quality Index project

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