Tecnología V2G: ¿Quién quiere una batería si puede tener un coche?

El desembarco del coche eléctrico en nuestras ciudades y carreteras traerá nuevos desafíos que van mucho más allá de la industria del automóvil. No hay que olvidar que en origen esta revolución se justifica por la reducción de las emisiones de CO2 fruto de los combustibles fósiles y por la influencia de estas emisiones en el cambio climático como consecuencia del efecto invernadero. Por lo tanto, si nos limitásemos a remplazar los coches de combustión interna por coches con baterías cargadas de energía “sucia” no habríamos hecho más que concentrar estas emisiones pero poco cambiaría en el cómputo global. Es cierto que, aún en este escenario en el que el 100% de la energía no proviniese de fuentes “limpias”, el coche eléctrico presenta un balance más positivo, por la simple razón de que los motores eléctricos son mucho más eficientes que los de combustión interna, pero estamos de acuerdo en que una transición de este calibre no se justifica por una ligera reducción de emisiones sino por hacerlo de forma drástica.

En los próximos años seremos testigos de una reestructuración del sector eléctrico que empezará por los centros de generación eléctrica, pero sin olvidar los sistemas de distribución así como las nuevas formas de consumo que irán apareciendo. La centrales térmicas darán paso progresivamente a plantas fotovoltaicas y a potentes generadores eólicos que, conjuntamente con los saltos hidráulicos, permitirán que el 100% de la energía que consumamos provenga de fuentes renovables. Ésto, que ya es una realidad que se ha dado de forma puntual en nuestro país en algunos momentos en los que la generación provenientes de energía limpias ha sobrepasado a la demanda total, empieza a ser igualmente una realidad de forma sostenida en algunos países pequeños, como es el caso de Costa Rica, en dónde el 99% de la electricidad es, a día de hoy, de origen verde.

La red se deberá dimensionar no sólo para adaptarse a una realidad mucho más fragmentada en los que se refiere al número de puntos de generación (pocas centrales de mucha potencia remplazadas por muchas pero de menor potencia), sino replanteada para dar cabida a miles de nuevos actores que jugarán un papel clave a la hora de producir y almacenar energía. La red eléctrica se parecerá cada vez más a una red como internet, en la que miles de puntos de generación y consumo intercambian esta vez energía en lugar de datos, coordinados por “agregadores” que se encargarán de comprar y vender esta energía a los distintos actores, en función de sus necesidades y de tarifas que se gestionarán con algoritmos inteligentes que a duras penas llegamos a día de hoy a vislumbrar.

En este escenario en el que la generación de energía depende de factores que no podemos controlar directamente como son el sol, disponible únicamente durante el día, y el viento, más activo durante la noche, el almacenamiento de energía en baterías eléctricas jugará un papel fundamental. Hay otras maneras de almacenarla con un gran potencial a medio plazo. Éste es el caso de la obtención de hidrógeno por procesos de electrólisis a partir de energía verde, pero a día de hoy, desde un punto de vista de madurez tecnológica, de eficiencia y de coste de almacenamiento por kilovatio, las baterías siguen siendo la mejor solución.

Se abre, por lo tanto, un mercado interesante a la hora de vender dispositivos de almacenamiento como los “Powerwall” que ha lanzado recientemente Tesla, dispositivos que, a pesar de lo mucho que han bajado los precios de las baterías los últimos años, tienen todavía un alto costo tanto de la propia batería como de instalación.

Aquí es dónde la nueva tecnología V2G (Vehicle-to-Grid) que muy pronto ofrecerán los coches eléctricos presenta una magnífica oportunidad de amortizar el alto coste que todavía supone este tipo de coches. Esta tecnología, que aún se encuentra en una fase de validación, permite que las grandes baterías de las que disponen estos vehículos sean utilizadas como fuentes de almacenamiento mientras están conectados a la red, permitiendo suministrar energía cuando se le solicite. Esta bidireccionalidad presenta infinidad de posibilidades, convirtiendo a los propietarios de los vehículos eléctricos en una especie de pequeños empresarios capaces de sacar una rentabilidad a sus coches cuando éstos están parados. La complejidad de esta tecnología no está en los propios coches, sino en cómo se deben establecer, controlar y regular estas transacciones con miles de actores que intercambian y comercializan electricidad en paralelo.

La tecnología actual y las nuevas propuestas sin duda darán respuesta a estos desafíos. Algunas de las propuestas ya existentes, como es el caso del “block-chain”, presentan un futuro prometedor a la hora de ordenar y controlar estas múltiples transacciones que se producirán entre todos los actores. Sin duda un futuro apasionante que veremos pasar delante de nuestros ojos a una velocidad mayor de la que nos podamos imaginar. Futuro además esperanzador, que muestra que tecnología y sostenibilidad no sólo pueden ir de la mano, sino que es la única dirección posible en un planeta cada vez más poblado.

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