Transparencia: La mejor arma contra la contaminación.

Actualmente vivimos una campaña de desprestigio de los motores diésel que no es más que la continuidad de otra campaña, olvidada por la mayoría, de hace ya algunas décadas. En aquella ocasión, el diésel fue objeto de alabanzas que le hicieron a término desbancar al motor de gasolina a causa de su menor consumo y de las menores emisiones de gases de efectos invernadero. Este ejemplo (hay otros muchos…) no es más que una muestra de las contradicciones a las que se debe enfrentar la opinión pública basadas en una falta de información fidedigna y transparente muchas veces auspiciada por los diferentes intereses encontrados. El resultado de estos mensajes parcialmente erróneos o basados en medias verdades, es que el ciudadano de a pie se encuentra en una situación de indefensión a la hora de tomar decisiones importantes, como pueden ser la compra de un coche o el apoyo con su voto a políticas que considere más acertadas desde un punto de vista medioambiental.

Antes de poner en duda el sistema hay que hacerse la pregunta de si éste se apoya en unas bases sólidas o si, por el contrario, el problema es de base y no se trata únicamente de un problema de transparencia o de acceso a la buena información. Para entender cómo funciona y establecer si el sistema establecido es o no garantista (en este caso, de los intereses medioambientales y de salud pública) vamos a hacer un pequeño repaso desde su origen, a partir de quién determina los límites de lo que es admisible o no, hasta quién y cómo controla que estos límites no se sobrepasen. Hablamos, en este caso, de la calidad del aire y de cómo los coches en concreto contribuyen a su degradación.

"Antes de poner en duda el sistema hay que hacerse la pregunta de si éste se apoya en unas bases sólidas o si, por el contrario, el problema es de base y no se trata únicamente de un problema de transparencia o de acceso a la buena información."

¿Quién determina, por lo tanto, qué substancias en suspensión son perniciosas para nuestra salud? Y lo que es todavía más importante, ¿a partir de qué cantidades estas substancias se deben considerar intolerables? Para explicarlo de forma simple: periódicamente, la OMS (Organización Mundial de la Salud) publica una Guía de Calidad del Aire, basada en múltiples estudios realizados en distintas partes del mundo por profesionales de reconocido prestigio, en la que, además de identificar los principales contaminantes del aire, se establecen una serie de valores de referencia. Estos valores no son únicamente valores máximos, sino que proponen distintas cifras intermedias de manera que la consecución de estos objetivos sea realista. No sería factible, por poner un ejemplo, establecer valores idénticos para aquellos países más desarrollados o en dónde los niveles de polución iniciales son más elevados, aunque el propósito último de la guía es el de identificar criterios mínimos que permitan proteger la salud pública.

A partir de estas guías, las distintas agencias gubernamentales (Agencia Europea de Medioambiente, Agencia de Protección Medioambiental Americana…), elaboran documentos para traducir estas propuestas en legislaciones específicas. En el caso de Europa, en normativas europeas que posteriormente se transpondrán en el ordenamiento jurídico de cada estado miembro. En realidad, el sistema es un poco más enrevesado de lo que parece. Como es fácil de imaginar, las consecuencias de la aplicación de estos límites a lo largo del planeta tienen consecuencias jurídicas importantes que chocan con multitud de intereses tanto económicos como políticos. Es por eso que la periodicidad de estas publicaciones no es enorme (la guía actual data de 2005 y la anterior del 1997…) y por lo que éstas dan un cierto margen estableciendo valores intermedios que permitan llegar a un fin último que se conoce como “valores GCA” (Guía de Calidad del Aire).

Una vez que estos valores máximos han sido establecido por las leyes de cada país, ¿cómo sabemos que dichos valores se respetan? ¿Y cómo sabemos si las autoridades los tienen en cuenta para tomar las acciones oportunas, tanto a corto como a medio y a largo plazo? Por suerte vivimos en la era de la información que hace que una completa red de sensores distribuida a lo largo y ancho del planeta nos proporcionen datos en tiempo real. Y lo que es más interesante, esta red que es la que permite a las distintas administraciones establecer los seguimientos y las políticas en las distintas ciudades y países del planeta es de acceso libre y gratuito. Existen múltiples formas de consultar estos datos, como son las propias webs de los Ayuntamientos como el de Madrid y el de Barcelona, aunque hay una web que destaca sobre el resto por la simplicidad con la que muestra los datos. Se basa en un estándar de la US EPA (United States Environmental Protection Agency) que se apoya en un indicador, el AQI (Air Quality Index), que muestra de una forma sencilla a través de un código de colores el estado en el que se encuentra el aire de la zona elegida. Este indicador presenta la ventaja de que combina en un único valor la aportación de los distintos contaminantes y le otorga una puntuación, a la vez que los valores absolutos de cada contaminante están igualmente disponibles.

Situación de la calidad del aire según el índice AQI el 12/11/18 a las 19,30h hora española.

¿Existe, por lo tanto, una transparencia suficiente que nos permita confiar en la robustez y garantías del sistema? ¿Podemos decir, en síntesis, que en términos de la calidad del aire que respiramos nuestra salud está suficientemente protegida por las autoridades? La respuesta no es simple, pero yo diría que es a lo menos esperanzadora. Lo es porque cuando tengamos dudas sobre el aire que respiramos tenemos un acceso simple a los datos que nos permitan saber la situación en la que nos encontramos. Lo es porque estos datos nos dirán si estamos o no dentro de las tolerancias que los expertos consideran perjudiciales y con ello podremos evaluar si a nivel de las administraciones se está o no procediendo con políticas que protejan al ciudadano. Por otro lado, no hay que olvidar que por evitar un choque frontal entre protección y progreso las normativas evolucionan a un ritmo lejos de ser el óptimo. La Guía de Calidad del Aire de la OMS es del 2005 y por encima las normativas de los países no suelen retener los valores más restrictivos aconsejados en la misma. A cada revisión la tendencia general es a endurecer la mayor parte de los límites, por lo que es de esperar que las nuevas ediciones basadas en estudios epidemiológicos más reciente y más completos consideren perniciosos para la salud valores que a día de hoy se consideran tolerables.

"A cada revisión la tendencia general es a endurecer la mayor parte de los límites, por lo que es de esperar que las nuevas ediciones basadas en estudios epidemiológicos más reciente y más completos consideren perniciosos para la salud valores que a día de hoy se consideran tolerables."

Es por eso que antes de empezar a odiar al alcalde (o alcaldesa) de tu ciudad la próxima vez que active el plan de control de tráfico te tomes el tiempo suficiente para ir a la web del ayuntamiento (o a la del World Air Index Projet si no te fías de tu corporación), verifiques los valores tanto actuales como las proyecciones para los día siguientes y te informes sobre los efectos que el no limitarlos traería para la salud , por ejemplo, en lo que se refiere a patologías respiratorias o cardiovasculares. Piensa en el efecto que esto tendría en la salud de tu hijo, en la de tu vecino, en la de tus padres o, si todo lo anterior no te ha convencido, en la de tí mismo. Y piensa que el problema sería que ante estos datos nuestras administraciones se cruzasen de brazos y optasen por no molestar en exceso al ciudadano estimando que eso le traería menos problemas que confiar en la apatía e ignorancia de la gente ante problemas de indiscutible gravedad.

 

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