La economía sostenible y el dilema de la #yogurtera.

En nuestro día a día, tomamos multitud de decisiones que tienen un fuerte impacto en el medio ambiente. Tendemos a pensar que nuestra capacidad de influir como individuos en el medio es más bien limitada y que es más un asunto que afecta directamente a las grandes empresas y a las administraciones. Sin embargo, basta con almacenar durante una semana las botellas de plástico del agua consumidas o tomar nota de la diferencia en nuestra factura del gas si bajamos medio grado el termostato de nuestra calefacción para darnos cuenta de que pequeños gestos pueden tener un gran impacto,  más cuando se extrapolan éstos  al conjunto de la sociedad.

En los ejemplos citados anteriormente los efectos son evidentes pero existen otros muchos en los que al cambiar de hábitos podemos intuir que reducimos nuestra huella pero tener la certeza de que verdaderamente es así, es otra historia. Un planeta cada vez más poblado y con recursos limitados nos obliga a plantear nuevas estrategias enfocadas a un mayor aprovechamiento de los mismos. En definitiva, filosofías como la economía circular, comienzan a ser la única esperanza de un futuro sostenible.

 Para ilustrar la dificultad de hacer un análisis completo  sobre los impactos de cambiar uno de nuestros hábitos he escogido lo que he dado por llamar el “dilema de la yogurtera”. En mi casa somos tres personas y el consumo de yogures es de unas 10 unidades por semana. Si suponemos que comemos yogures todas las semanas del año (52 semanas) eso nos da un total de 520 yogures. Para ponernos en perspectiva,  si los pusiésemos todos unos encima de otros alcanzarían una altura de unos 34 metros, es decir, la altura de un edificio de 13 plantas. Los cálculos los he realizado con un yogur de sabores de una conocida marca blanca de supermercado, cuyo coste ronda los 0,33 €/unidad, por lo que nuestro gasto solamente en yogures al final de año es de unos 173 €/año. Otro dato interesante: estos yogures llevan la etiquete de “cero azúcares añadidos”, aunque si se hace un rápido cálculo del azúcar que contienen nos sale un total de 3 kilos de azúcar. Es decir, a pesar de comprar yogures que aparentemente no contienen azúcar, suponen una ingesta extra de azúcar de entorno a 1 kg por persona…

Imaginándonos esa inmensa torre de yogures , los más de 170 €/año  y los 3 kilos de azúcar que no esperábamos, no parece descabellado volver a las viejas costumbres de nuestras madres y plantearnos el preparar nuestros propios yogures en casa. En definitiva, ¿vale la pena comprar una yogurtera? Y en caso afirmativo, ¿es, además de rentable, una decisión inteligente desde un punto de vista medioambiental?

Las yogurteras no son más que pequeños electrodomésticos que durante un tiempo determinado calientan a temperatura constante una mezcla principalmente de leche con un poco de yogur que hace las veces de fermento. Durante este proceso la lactosa presente en la leche se transforma, a través de una fermentación bacteriana, en ácido láctico. El tiempo de fermentación es el que dará la consistencia y la acidez al yogur. Con la yogurtera que he escogido para este estudio conseguimos, a partir de un litro de leche y un yogur, hacer 7 tarrinas de 160 ml, es decir, un total de 1,12 litros de yogur de cada “hornada”. Haciendo algunos sencillos cálculos y teniendo en cuenta que para renovar las bacterias es conveniente utilizar un yogur comprado cada cinco veces, nos sale un coste total para producir un volumen equivalente del yogur al que consumimos en un año de unos 94 €. Para este cálculo se ha tenido en cuenta igualmente el consumo eléctrico del aparato de 13 w de potencia y un tiempo medio de funcionamiento por “hornada” de 10 horas.

En definitiva, si comparamos los 173 €/año de gasto cuando compramos los yogures directamente del supermercado frente a los 94 €/año que supone el hacer los yogures en casa, tenemos un ahorro anual de 79 €/año. Incluso restando del primer año el coste del aparato (en mi caso un coste de 43€) vemos que ya a partir del primer año la yogurtera sale rentable (36 € el primer año) siendo el ahorro de 79€/año los siguientes, es decir, un 46% de ahorro.

Este pequeño estudio demuestra, a través de unos simples cálculos e información fácilmente disponible para el consumidor, la rentabilidad de la yogurtera desde un punto de vista económico. Pero ¿qué ocurre si lo que queremos es hacer un análisis desde un punto de vista de medioambiental? El primer reflejo sería el pensar que, con la yogurtera, desparecería la montaña de 13 pisos de envases de yogur. Pero no podemos olvidar que, aunque efectivamente estos residuos prácticamente desaparecen, son reemplazados por los generados por los 72 litros de leche extra que serían necesarios para elaborar los yogures de forma artesanal.   ¿Son menos perjudiciales para el medio ambiente 72 bricks de cartón que 520 envases de yogur? La respuesta es muy posible que sea positiva, pues el reciclado del cartón parece más fácil que el del poliestireno (PS) del que están fabricados la mayor parte de los envases de yogur, pero si quisiésemos hacer un estudio pormenorizado nos costaría mucho más que el estudio económico que acabamos de realizar.

Pero la parte que corresponde al reciclado es sólo una parte de la ecuación del problema: para determinar el impacto medioambiental de una u otra solución (comprar los yogures en el supermercado o fabricarlos en casa) necesitaríamos también poder calcular la huella de carbono de cada una de las opciones. ¿Cuál es la huella de CO2 de la fábrica en la que se elaboran los yogures? ¿Y la del transporte de éstos frente al de la leche que utilizamos en casa para su elaboración?  Necesitaríamos conocer datos no únicamente de los centros de producción, sino de las distancias respecto a los puntos de venta (una producción de proximidad significa menos huella que una  lejana), los medios de transporte utilizados (¿camión diesel, gasolina o eléctrico?) o incluso de las emisiones de gases de efecto invernadero (metano) de las vacas.

Esta información, que nos parece algo tremendamente complejo a día de hoy, no tardará en acompañar a los productos en el supermercado de manera que el consumidor pueda decidir, de forma sencilla y responsable, el impacto de los productos que consume. La revolución actual en el tratamiento y almacenamiento de datos, así como tecnologías aplicadas a la trazabilidad de los alimentos como el “blockchain”, harán de este etiquetado algo habitual en nuestros supermercados. ¿Qué pensarían nuestros bisabuelos si leyesen una etiqueta de un producto actual en el que se describe de forma detallada su contenido en azúcares, grasas, proteínas o de conservantes?

El dilema de la yogurtera muestra como la economía convencional, en la que los criterios de rentabilidad económica eran suficientes, da paso a una nueva forma de entender la economía en la que la sostenibilidad juega un papel fundamental. Estos criterios no sólo guiarán los comportamientos de un consumidor cada vez más responsable, sino que estarán detrás de las iniciativas tanto legales como de política fiscal que sin dudad se desarrollarán y aplicarán en los próximos años.

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