Greta, la niña que lo vió claro.

El pasado febrero, aprovechando que los principales líderes mundiales se encontraban en el Foro de Davos, Greta les dijo a todos que la casa se quemaba, que los adultos dicen que hay que dar esperanza a los jóvenes, pero que ella no quiere su esperanza, sino que quiere que empiecen a entrar en pánico. Esto después de haberles recriminado que la mayor parte de ellos se hubiesen desplazado a la cumbre en sus jets privados, pudiendo hacerlo en transportes mucho menos contaminantes, como había hecho ella desde su Suecia natal.

Pocas semanas después, durante una conferencia organizada por el Comité Económico y Social Europeo en Bruselas, se dirigió a los allí presentes, entre ellos el presidente de la Unión Europea, Jean-Claude Juncker, para decirles que “la gente nos dice que tienen la esperanza de que los jóvenes van a salvar el mundo, pero no lo vamos a hacer. Simplemente no hay suficiente tiempo para esperar a que crezcamos y tomemos el control“. En un tono que puede por momentos resultar sarcástico, pero que resulta de una extrema claridad y honestidad, en especial cuando las palabras salen por la boca de esta pequeña adolescente nórdica de cara redonda siempre franqueada de dos trenzas perfectas.

Un día, allá por agosto de 2018, Greta decidió comenzar una huelga y no asistir a clase mientras los adultos no mostrasen signos de madurez sobre un problema que ella, y una gran parte de la comunidad científica, consideran de extrema gravedad. Lo que empezó como una acción individual enfocada a “forzar” a las autoridades suecas a comprometerse con el Acuerdo de Paris, ha derivado en un movimiento global que ha sacado a miles de estudiantes a lo largo y ancho del mundo a las calles exigiendo a sus políticos, a sus adultos, que tomen cartas en un asunto del que los jóvenes y los niños serán los primeros afectados.

Greta, una joven adolescente autista, ha conseguido darle un nuevo enfoque al problema del calentamiento global en un momento en el que, a fuerza de oír hablar de él, tenemos la impresión de que ya está encauzado, pero nada más lejos de la realidad. Ha tenido que ser casi una niña la que nos recuerde, usando un lenguaje claro todavía no contaminado por la hipocresía de los convencionalismos de los adultos, que el tiempo para revertir esta situación se acaba, y que los que serán sus principales perjudicados no tienen todavía edad para ocuparse. El hecho de que una adolescente sea la abanderada de este mensaje tiene una especial relevancia, en un mundo en el que nuestros niños están cada vez más lejos de la naturaleza, haciendo difícil que exista un vínculo con algo que no conocen.

Hace pocos días Theresa May se refirió a las acciones de los muchos estudiantes británicos que están siguiendo los pasos de Greta como “una distracción que no hace más que echar a perder horas de clase”, a lo que Greta, con su habitual tono, replicó en su cuenta de twitter: “…los líderes políticos han desperdiciado 30 años de inactividad. Y eso … es un poco peor.”

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