Conducir un vehículo eléctrico: realmente, algo distinto…

Podría intentar dar a este artículo un sentido más metafísico y alabar la tranquilidad de espíritu que los más preocupados por el medioambiente experimentan al conducir un vehículo propulsado por un motor eléctrico. Podría, fácilmente, y sin entrar en los eternos debates sobre las bonanzas verdes de estos vehículos, hacer un canto de la eficiencia de estas máquinas frente a las tradicionales de combustión interna, o de la fiabilidad de un motor construido únicamente a base de un rótor y un estátor, frente a complicados mecanismos en los que se combinan bieletas, cigüeñales y cámaras de combustión. Pero no lo voy hacer, pues en estas líneas me quiero centrar en algo menos profundo y con unas pinceladas de técnica: qué siente un conductor cuando se sienta por primera vez a los mandos de un coche de propulsión 100% eléctrica.

Por carecer de cajas de cambio, el vehículo más próximo a uno eléctrico siempre será uno de caja automática. Pero aún cuando los comparamos con éstos, existen algunos matices que saltan a la vista (o a otros sentidos) si formas parte de esas personas que encuentran en los coches algo más que un simple medio para desplazarse:

(*) El silencio: Sí, es verdad, los coches actuales ya están muy bien insonorizados. Es innegable el progreso que se ha hecho en este sentido, incluso con los motores diesel que en su día eran famosos por su particular sonido. Pero cuando uno lleva un rato rodando en un coche eléctrico empieza a darse cuenta de multitud de sonidos de los que no te habías percatado antes. Los neumáticos sobre el asfalto, el viento, los charcos… Uno tiene la sensación de que falta algo, que al cabo de un rato identificarás como ese ruido grave, casi sordo que es el “rum-rum” de fondo de un motor térmico, al que ya nos habíamos acostumbrado y que sólo echamos en falta cuando finalmente ha desaparecido. Y como las sensaciones pocas veces vienen solas, la ausencia de esas ligeras vibraciones que por momentos nos llegan a través del volante o de los pedales, es otra particularidad que no tardarás en apreciar nada mas te pongas a los mandos de un vehículo eléctrico…

(*) La sensación “scalextric”: Lo sé, no parece una descripción muy técnica, pero quienes hayan tenido el placer de disfrutar de niños de aquellos endiablados coches, sabrán de lo que estoy hablando. A diferencia de un coche de combustión interna, que no proporciona la misma fuerza (par) a distintas velocidades (revoluciones), los motores eléctricos tienen una curva plana. Los coches de propulsor tradicional utilizan un truco, una caja de cambios, para “aplanar” estas curvas, de manera que el motor, independientemente de régimen al que gire, pueda mantener la fuerza. Esto se traduce en que cuando se conduce un coche eléctrico se tiene la sensación de que el pedal de acelerador tiene una relación mucho más directa con el coche, reacciona más rápido, sin importarle ni la velocidad, ni el perfil de la carretera en la que estemos rodando. Algo parecido a aquellos mandos del scalextric, que no eran más que simples reostatos, que cuando nos emocionábamos y no dosificábamos adecuadamente, enviaban a nuestros coches fuera de la pista, levantando el vuelo, como si de las 500 millas de Indianápolis se tratase.

(*) Conduciendo un “kart”: de nuevo haré uso de un símil, poco técnico, y que requiere echar mano de la memoria, para aquellos que hayan disfrutado alguna vez de una carrera en un circuito de karts. Los coches eléctricos son, de media, más pesados que sus hermanos de combustión interna. Se explica, principalmente, por el elevado peso de las baterías necesarias para almacenar la energía con la que son propulsados. A pesar de este inconveniente, que los haría coches menos ágiles sobre todo en lo que se refiere al paso por curva, uno tiene la impresión contraria cuando conduce un coche eléctrico. En un uso normal, incluso para aquellos que gusten de hacer una conducción un poco deportiva, los coches eléctricos dan la sensación de estar más pegados a la carretera, lo mismo que los karts. Esto se explica por su centro de gravedad rebajado, pues la tendencia de los fabricantes es a distribuir las células de las baterías en la parte inferior de la carrocería, acercando este punto al suelo.

(*) Tener la gasolinera en casa: Pues sí, contrariamente a lo que podría parecer, el síndrome de la “reserva” que está mucho más presente en los coches eléctricos, no es un impedimento para disfrutar de algo tan poco común a día de hoy como tener la gasolinera en casa. Lo que hoy roza lo imposible (tener un surtidor en el garaje) se convierte en una realidad en los coches eléctricos. Una pequeña inversión en un dispositivo de entre 7 y 11 kW te permitirá hacer un «lleno» en un tiempo bastante razonable. No son los 20 minutos de un cargador rápido de una electrolinera, pero sí en un tiempo lo suficientemente corto para que cuando recojas el coche por la mañana éste esté completamente cargado. 

(*) El miedo al peatón y al ciclista: La llegada de la movilidad eléctrica traerá nuevas costumbres y hábitos en las carreteras. Maniobras a las que estábamos acostumbrados, como adelantar a un ciclista o entrar en el garaje de nuestro edificio deberán hacerse de forma mucho más cuidada, al menos hasta que la legislación europea lo regule (está en ello). Nos hemos acostumbrado tanto a detectar a los vehículos por su sonido que el hecho de que éstos sean extremadamente silenciosos nos va a obligar a estar más atentos para evitar algún susto.

Conducir un coche eléctrico es, a fin de cuentas, una sensación diferente a lo que seguramente estabas acostumbrado. Como suele ocurrir con la mayoría de las cosas, mejor que que te lo cuenten es vivirlo uno mismo. Así que, aprovechando la fuerte presión que los concesionarios empiezan a tener a partir de este año para vender coches de bajas emisiones, acércate a uno y que te inviten a dar una vuelta. Podrá sorprenderte, o a lo mejor no, pero una cosa está garantizada, darás una vuelta sin humos y en silencio.

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