¿Por qué siempre nos acordaremos de él?

En algunos países no ha hecho más que comenzar, pero ya se intuye que su recuerdo permanecerá indeleble en nuestras memorias. Con el “paloteo” de bajas aún sin finalizar, me atrevo a decir que el coronavirus no pasará a la historia como lo hizo la gripe española (las condiciones físicas, anímicas y de infraestructura actuales no son ni parecidas a la de una Europa diezmada y devastada por la recién terminada Gran Guerra), sino que lo hará porque a nivel geopolítico será la primera vez que nos habremos enfrentando a una pandemia en la era de la ausencia de fronteras. Y cuando digo “fronteras” me refiero tanto a las físicas, hoy cuesta menos coger un avión a Europa que viajar en autobús por España, como a las de comunicación, pues los gobiernos ya no controlan la información que llega a los ciudadanos.

Al principio de esta crisis, como si del cuento de “Pedro y el lobo” se tratase, muchos creímos que no era más que de otra alerta “sanitaria”, como las que hemos vivido en los últimos años y que después se perdieron poco a poco en el fondo de los diarios. Los contantes avisos por megafonía en aeropuertos y estaciones cuando fue el turno de la gripe A, o el pánico al encontrar un pájaro muerto, cuando le tocó a la aviar, todavía resuenan en nuestra memoria. Pero esta vez era distinto. Y como suele ocurrir con las cosas que interesan al grueso de la población, los gobernantes encuentran serios problemas para transmitir mensajes claros y concisos, que es el tipo de información que el ciudadano de a pie precisa cuando se trata de la salud propia o de los suyos. 

No fue hasta que el ingenio de algún medio o de algún particular con las ideas claras permitió explicar, a través de las redes, que todo se trataba de un problema de “aplanar la curva”: tu sistema sanitario, si tienes la suerte de vivir en un país en el que éste sea universal y gratuito, tiene una capacidad, y si sobrepasa esa capacidad ,hay gente que se podría curar que no lo hará. Y además ese sistema, que tiene un número limitado de UCI’s, seguramente mermado por los efectos de la última crisis, no distinguirá si eres una persona de salud débil diezmada por el virus o un machote español que te has despeñado haciendo alpinismo y necesitas de esa misma UCI, UCI’s que correrán el riego de estar saturadas porque la gripe habrá contagiado a más de la mitad de la población (como dato, a día de hoy, para una capacidad de 640 UCI’s en Madrid hay 410 personas en cuidados intensivos, es decir, un 64% de tasa de ocupación…).

Como se trata de una pandemia, tenemos la oportunidad de saber en avance lo que está ocurriendo en diferente lugares del planeta. Es como si de una serie de Netflix se tratase y los chinos o los italianos nos pudiesen hacer una especie de “spoiler” de lo que queda por llegar. Esta sociedad hiperconectada nos permite tener información casi en tiempo real de lo que le pasa a nuestro vecino y como, además, el virus tiene por costumbre comportarse de forma casi matemática cuando se trata de infectar a humanos, pues resulta que nos es más o menos sencillo intuir lo que va a suceder. Wuhan ha conseguido mitigar la catástrofe con medidas draconianas, sólo posibles en un régimen autoritario de una economía que se encuentra entre las más potentes del mundo. El norte de Italia parece llegar al pico de la epidemia, pero lo hace con un sistema sanitario desbordado, apelando a la ayuda internacional y con las morgues saturadas. El Reino Unido, haciendo gala de su recién adquirida independencia del resto de Europa, anuncia un plan de choque que se aleja del resto y que reivindica los más puros valores ultraliberales de libertad de mercado aplicados a la sanidad: dejar que los acontecimientos sigan su curso, que la ley natural se ocupe de los más débiles, con el consecuente ahorro que supone la desaparición de un colectivo que no suele ser el más rentable. Cuando todo se mide en términos de PIB las implicaciones a nivel humano pueden ser devastadoras.

Esta crisis pone de nuevo de manifiesto la caducidad de un sistema que está ya agotado. No únicamente el modelo de crecimiento, que parece no entender otra cosa que el beneficio aportado por el aumento del PIB sin control. Sino el modelo social, en cómo definimos nuestras relaciones humanas en una sociedad cada vez más globalizada y a la vez tecnificada. Los problemas no serán únicamente más globales, sino que serán diferentes. Mientras que las sociedades modernas tienen la capacidad de recluir a la población para minimizar los daños porque la tecnología de la que disponen les permite avanzar el futuro próximo, otros muchos países no disponen de herramientas para combatir la polio, la malaria o el sarampión, enfermedades de las que rara vez oímos hablar en nuestro mundo “civilizado”. Mientras que el consumo desmesurado y sin freno de los países más desarrollados hace que el planeta entre en un calentamiento global de consecuencias imprevisibles, los países menos favorecidos ven como fenómenos naturales,  cada vez  menos previsibles, les golpean con virulencia y como sus cosechas son cada vez menos productivas por falta de recursos tan básicos como puede ser el agua. 

La reclusión forzada de estos días tendrá también muchos efectos colaterales positivos. Al bajar nuestro ritmo habitual hemos reducido de forma considerable nuestras emisiones de CO2 a la atmósfera. Tenemos tiempo para pasar con nuestros niños, coger un libro, arreglar el armario o, simplemente, meditar mirando a la pared con la esperanza de que nos hagamos preguntas. Y esas preguntas son las semillas de las respuestas que nos deben ayudar a entender que la solución a esta crisis, así como de la mayor parte de las que nos podamos encontrar en el futuro, pasa por fomentar sociedades solidarias, empáticas, y que hacer ésto no es ni mucho menos incompatible con la prosperidad de las sociedades, sino precisamente todo lo contrario.  

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