El Armagedón solo existirá si nosotros lo permitimos

Cuando apenas hemos vencido la primera semana de confinamiento, me encuentro con una sensación confusa, estado que imagino no es ajeno al resto del mundo. La realidad de los últimos días, calles vacías y ciudades fantasma, nos muestra un escenario difícil de imaginar hasta hace solo algunos días. Vivimos con la incertidumbre de no saber muy bien lo que va a acontecer en las próximas jornadas. Muchos nos afanamos en ir un poco más allá, pues los telediarios se limitan (tal vez sea su función) a informar de las últimas medidas del gobierno o de la evolución de la enfermedad, como si de un parte de guerra se tratase, en un frente en el que todo se tratase de casos confirmados, personas muertas o de pacientes recuperados. Muchos intentamos leer artículos con fundamentos científicos, monitorizar la evolución de la enfermedad a lo largo y ancho del globo, y recurrir a la hemeroteca para ver cuándo y cómo la humanidad se enfrentó a una amenaza parecida y cuándo y cómo nos las hemos arreglado para poder seguir haciéndonos las mismas preguntas. 

Cuánto más profundizo en el tema, en lugar de encontrar respuestas sencillas, me surgen otras peguntas que, lejos de alejarme de éstas, me sumergen en un mundo aparentemente más complejo, pero que termina siempre en las mismas cuestiones básicas que nos hemos venido preguntando desde que los filósofos empezaron a dejar constancia de ello. Si hacemos un viaje a través de la historia moderna de la humanidad, descubriremos varios ejemplos bien documentados en los que la enfermedad ha golpeado con virulencia nuestra civilización. Desde el Imperio Romano, con la “peste Antonina”, en dónde existen registros de los hechos acontecidos aunque sin la certeza del virus o la bacteria responsables de aquella pandemia, el mundo moderno se ha venido enfrentando a plagas que se propagaban en una población que se movía cada vez más fácilmente, por las exigencias de un creciente comercio o las ansias imperialistas de la potencia de turno.  La “peste negra”, que aprovechó la Ruta de la Seda para extenderse desde Oriente hacia Occidente en el siglo XIII, la viruela, que los conquistadores llevaron a América en el siglo XV y que arrasó un imperio como el Azteca, o la más reciente y todavía más mortal “gripe española”, que asoló América y Europa después de la Gran Guerra aprovechando los desplazamiento de las tropas que venían de América, son algunos de los ejemplos más letales que nos ha dejado la historia. 

Con un registro histórico tan lleno de pandemias, ¿cómo se explica que a la todopoderosa tecno-sociedad occidental del siglo XXI nos haya pillado con la guardia baja? ¿Cómo se explica que no lo hayamos visto venir? Y, lo que es más inquietante, ¿cómo es posible que no estuviésemos preparados para ello? Es posiblemente pronto para hacerse esta pregunta, y no tengo dudas de que ríos de tinta (o de píxeles) se escribirán sobre ello, pero hay ya algunas cuestiones básicas que podemos responder. 

¿Cuál es el riesgo de que un meteorito de grandes dimensiones choque con la tierra y produzca una catástrofe, sabiendo que el impacto de uno causó la desaparición de los dinosaurios y posiblemente sea el origen de que, a término, los humanos seamos los dueños y señores del planeta? ¿Cuáles son las posibilidades de que, en una escalada de tensión, dos superpotencias nucleares con comandantes en jefe psicópatas al mando de sus ejércitos, desencadenen un enfrentamiento nuclear? ¿En qué momento el calentamiento global que estamos experimentando alcanzará ese punto de no retorno que muchos expertos llevan años anunciando? Todas estas preguntas son muy fáciles de responder cuando la amenaza se convierte en miedo, el riesgo en realidad y las hipótesis en muertos. Pero idear “planes de contingencia” para cada una de estas amenazas con antelación parece una cuestión más difícil de abordar. 

En 2015 Bill Gates dio una conferencia, dentro de la plataforma TED, en la que abordaba la amenaza que suponen las pandemias en nuestra mundo actual, en un momento en el que se venía de tratar, con un cierto éxito, la crisis ocasionada por el Ébola en el continente Africano, ese continente que tenemos tan cerca geográficamente de Europa y tan lejos de nuestra “moral occidental”. En dicha conferencia, proponía una alianza internacional enfocada en concentrar nuestro conocimiento, nuestra tecnología y nuestros efectivos de acción rápida para tener los medios y la capacidad de reacción necesarias, para actuar con la máxima rapidez y eficiencia cuando llegase el momento de una pandemia. ¿Por qué no, por ejemplo, dedicar todo o parte de nuestros presupuestos militares a tratar estas amenazas, algunas de las cuales, como es el caso de los virus, solo son visibles al microscopio pero con los que, a diferencia de lo que ocurre con los humanos, no es posible dialogar, por difícil que a veces este diálogo entre iguales nos pueda parecer?

Medito delante del ordenador, delante de un mapa del mundo en dónde veo como el virus, en forma de círculos rojos a modo de sarampión, se extiende aparentemente sin control, a la vez que el contador de víctimas no para de crecer. Espero que esta vez las víctimas sirvan para entender que formamos parte de la única especie con la capacidad de entender el valor de la cooperación  y de que recorrer el camino juntos nos hace menos vulnerables y por lo tanto más fuertes.

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