Hay futuro … y está dentro de un donuts!

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Recuerdo de chaval, en aquellas raras ocasiones en las que te planteabas alguna pregunta que trascendía a tus limitadas obligaciones diarias, cuando me interesé por lo que pasaba con todos aquellos coches que veía circular por las carreteras el día que dejaban de funcionar. Recuerdo también la respuesta, tan vaga en detalles como rotunda al afirmar la capacitad casi infinita de la naturaleza para asimilar metales, neumáticos o asientos viejos sin importar el cómo y el dónde se abandonasen. Corrían los años ochenta, el mundo venía de sufrir su segunda crisis del petróleo y pocos años después la economía entraría en una década neoliberal liderada por Ronald Reagan y Margaret Thatcher que prometía resolver todos los problemas con la simple receta de mantener un crecimiento infinito. 

Algunas décadas después, con una población mundial que ronda los 7000 millones de habitantes y que amenaza con sobrepasar los 11000 millones a final de siglo, tenemos la convicción de que la presión ejercida por los humanos en el Planeta es, por primera vez en la historia de la Humanidad, un problema. Los efectos de nuestra actividad sobre la Tierra son de tal calibre que se ha propuesto llamar a la actual época geológica como Antropoceno, heredera del Holoceno, periodo que ha durado unos 12000 años desde que se terminó la última glaciación. Con esta designación reconocemos, por primera vez ,que nuestra actividad ha adquirido tal relevancia que sus efectos son determinantes para el futuro de la Tierra. 

El capitalismo tuvo su confirmación como único y verdadero sistema económico cuando, tras décadas de enfrentamiento con el otro “gran modelo” imperante en la época, el muro de Berlín se derrumbaba finalmente en 1989. El sistema basado en un crecimiento sin control, cuyo único Dios era el PIB, parecía funcionar y prometía, tras una primera fase de creación de desigualdad y destrucción medioambiental, equilibrar tanto la sociedad como la armonía temporalmente rota con la naturaleza. Pero la realidad mostró finalmente que los recursos del Planeta son limitados y la tan esperada redistribución y equilibrio natural nunca llegaban: la temperatura media aumentaba dando lugar a un efecto invernadero, los océanos se volvían cada vez más ácidos, las concentraciones de nitratos y fosfatos no cesaban de aumentar y los plásticos invadían hasta el último rincón del Planeta. Y la riqueza, lejos de redistribuirse, se concentraba cada vez más en unas pocas manos mientras una parte importante de la población carecía del acceso a los recursos mas elementales. Todo esto acompañado de un fenómeno que no se daba desde la época en que los dinosaurios desaparecieron hace 66 millones de años, una nueva extinción masiva de especies, tanto animales como vegetales: somos testigos privilegiados de la Sexta Gran Extinción

La forma en cómo el movimiento ecologista es percibido por el gran público ha evolucionado mucho desde sus comienzos, allá, a principio de los años sesenta, cuando Rachel Carson publicaba “Silent Spring”. Han pasado de ser vistos como un movimiento marginal de izquierdas a que se utilicen sus ideas en beneficio de grandes corporaciones en lo que se ha llamado “green washing”. Incluso recientemente se ha abierto un gran debate interno en el mundo ecologista tras el estreno en youtube del documental “Planet of Humans” producido por el siempre polémico Michael Moore. En él, que a las pocas semanas de su estreno acumulaba ya más de ocho millones de reproducciones, se pone en entredicho la casi totalidad de la estrategia medioambientalista de los últimos años, en un documental que siembra dudas a partir de medias verdades sobre un movimiento en el cual el propio Moore ha participado de forma activa en los últimos años. Todo esto hace que la sombra del pesimismo se empiece a apoderar de mucha gente que dudan si realmente estamos a tiempo todavía de parar lo que empieza a parecer inevitable. 

¿Estamos realmente en un punto de no retorno o, por el contrario, hay motivos para un relativo optimismo? ¿Existe verdaderamente alguna estrategia a seguir que permita vislumbrar la luz al final del túnel? Pues bien, creo que una de las propuestas más completas y mejor documentadas sobre las que nos podemos apoyar es la que la economista Kate Raworth plantea en su libro “Doughnut Economics: Seven Ways to Think Like a 21st-Century Economist”. La idea de Kate Raworth parte de unos principios muy sencillos y para llevarlos a cabo, la economista insiste en la importancia de que éstos se transmitan de una forma igualmente sencilla: desde que el economista Simon Kuznets inventó el concepto del Producto Interior Bruto en 1934, nos hemos convertido en unos adictos a este indicador y a su crecimiento. Lo hemos aceptado universalmente como la medida por excelencia de la prosperidad de las naciones y todas las políticas económicas de los Estados han girado desde entonces entorno a medidas que lo hagan crecer. Pero el PIB presenta grandes carencias y se basa en premisas que con el paso de los años se han demostrado erróneas. Para cambiar este paradigma Kate Raworth propone una imagen muy gráfica, un nuevo objetivo, para tener claro en qué se debe basar la nueva economía del siglo XXI: la imagen sería la de un “donuts” cuyo centro representa el “agujero” en el que no debe caer ningún ser humano y cuyo borde exterior define el límite que no se debe traspasar si queremos respetar el frágil equilibrio del Planeta en el que vivimos. En otras palabras, el “cuerpo” del donuts representa la zona en la que nos debemos mover para “conseguir que todas las personas gocen de plenos derechos con los medios que proporciona nuestro Planeta vivo”.

Un nuevo objetivo: el «donuts» de Kate Raworth

Para conseguir este objetivo es necesario ver el cuadro completo, abandonar los convencionalismos que intentan presentar el mercado como una mera interacción entre Empresas y Familias en el que o bien éstas intercambiaban bienes y servicios a cambio de dinero, o bien trabajo y capital a cambio de salarios y beneficios. El Estado y los “comunes”, entendidos éstos como la fuerza económica del talento común puesto disposición de todo el mundo (Wikipedia, o el OpenSource podrían ser dos buenos ejemplos…), juegan un papel fundamental en la economía, contrariamente a lo defendido por el discurso neoliberal.  Además, considerar a la Naturaleza como algo independiente al mercado, carece de toda lógica, pues aporta los recursos y éstos están lejos de ser infinitos.

La economía del siglo XXI, defiende Kate Raworth, debe abandonar el concepto clásico del hombre económico-racional, preocupado en exclusiva de su propio interés, y pasar a considerar un hombre social rico en valores. Estos valores, no solo deben tenerse en cuenta sino que se deben potenciar y ser considerados como una parte fundamental sobre la que se debe apoyar la nueva economía. La economía es ahora un sistema complejo, alejada de las visiones simplistas y mecanicistas en las que el mercado buscaba únicamente el equilibrio en el punto en el que el precio de la demanda y la oferta se encuentran. Es tiempo de buscar nuevas palancas y pensar que nos encontramos inmersos en un sistema en continua evolución. 

La nueva economía debe hacer frente una vez por todas a sus dos mayores debilidades: la primera, que no es nueva, es el gran fracaso del capitalismo a la hora de distribuir la riqueza de forma justa. La afirmación de que la economía de un país debe pasar primero por una primera fase de desigualdad para después distribuir de forma más justa la riqueza no es cierta. Se deben diseñar sistemas que sean distributivos desde el origen. Este diseño debe tocar a todos los aspectos de la economía: control de la tierra, de las empresas, de la tecnología o el conocimiento, de la energía… incluso del dinero. La segunda, de la que tenemos plena consciencia desde que hemos entrado en el Antropoceno, es que se debe crear para regenerar. Ya no es suficiente que un producto sea reciclable al final de su vida útil, sino que ese producto deber ser diseñado de tal manera que su balance global desde el punto de vista energético y de materias sea prácticamente nulo. En este sentido hay mucho que aprender de los diseños y de las estrategias que la propia naturaleza ha adoptado a lo largo de su larga historia, a través, por ejemplo, de disciplinas como la biomimética y la economía circular que integra al ser humano en los procesos cíclicos de la Tierra.

Por último, Kate Ruworth insiste en su libro en la importancia de ser agnósticos sobre el crecimiento. Lo resume de forma muy sencilla cuando afirma que “hoy tenemos economías que necesitan crecer, nos hagan o no progresar, pero mañana necesitaremos economías que nos hagan progresar, nos hagan o no crecer”. Y ésto es un gran desafío a nivel conceptual en un mundo adicto a las políticas de crecimiento infinito.

Si tuviésemos que resumir la filosofía detrás de este “donuts” podríamos decir que es imperativo y urgente dejar la economía actual que, además de no ser distributiva, es altamente destructiva para el Planeta y pasar a una economía que asegure la distribución de la riqueza, en el más amplio sentido de esta palabra (renta y trabajo, educación, salud, vivienda, equidad social,…) , y que sea regenerativa, minimizando o incluso eliminando la huella de nuestra actividad.

Somos la primera generación plenamente consciente de los efectos de nuestra actividad en el Planeta. Somos los primeros seres humanos en conocer, de manera científica, los efectos de nuestras actividades en el medioambiente, y lo que es más importante, la capacidad que tenemos para interferir en los delicados equilibrios de la Madre Tierra. No somos los únicos responsables de esta situación, pero el azar nos ha encomendado la difícil tarea de cambiar un relato que, de seguir así, corre el riesgo de terminar irremisiblemente con nuestra propia extinción.

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