Si algo debemos aprender de la nueva normalidad, es ésto.

Imaginemos una bañera con un grifo abierto y con el desagüe sin tapar. Imaginemos, además, que la cantidad de agua que llega a la bañera es más o menos la misma que se nos escapa por el desagüe, haciendo que la cantidad de agua en la bañera sea siempre la misma, únicamente perturbada por variaciones puntuales del caudal de nuestro grifo o por la forma que nuestro sumidero deja fluir el agua, influido de vez en cuando por diminutos objetos flotantes que, a término, se acaban colando por el agujero.

Imaginemos que el agua existente en la bañera no es más que la cantidad de dióxido de carbono suspendido en nuestra atmósfera y que, puesto que la cantidad aportada por el grifo es, de media, la misma que la cantidad eliminada por el sumidero, esta no varía de forma importante con el paso del tiempo. Estaríamos dibujando lo que sería nuestro Planeta en un periodo preindustrial, en el que el dióxido de carbono, principal gas de efecto invernadero, juega un papel fundamental a la hora de impedir que el Planeta se nos congele. Para ser más precisos, sin este efecto invernadero, estaríamos sometidos a una temperatura media de unos -18ºC en lugar de los 14ºC de los que gozamos actualmente.

Aunque el punto en el que se abrieron “nuevos grifos” en nuestra bañera sigue siendo objeto de debate (algunos sitúan la ruptura de este equilibrio en el momento en el que aparece la agricultura y grandes extensiones de bosques empiezan a desaparecer…) muy poca gente discute la escalada meteórica de la concentración de este gas a partir de la Revolución Industrial, período que marca el inicio de un consumo desenfrenado de los distintos combustibles fósiles que extraemos de la tierra, principalmente carbón, petróleo y gas. Si la cantidad de agua de nuestra bañera había permanecido invariable durante millones de años ahora una causa externa desequilibraba la balanza.

La causa externa resultó ser una especie que, debido a la evolución y especialización principalmente de uno de sus órganos, había conseguido un nivel de organización y de manejo de su entorno que los hizo imponerse sobre el resto de las especies y utilizar todos los medios a su alcance en beneficio propio, sin reparar en los efectos colaterales que este uso abusivo e indiscriminado de los recurso podría tener en su entorno. Si buscásemos en wikipedia el significado de “especie invasora” nos encontraríamos que las define como “animales, plantas u otros organismos que se desarrollan fuera de su área de distribución natural, en hábitats que no le son propios o con una abundancia inusual, produciendo alteraciones en la riqueza y diversidad de los ecosistemas”. Si nos ceñimos estrictamente a esta definición y no entramos en connotaciones filosóficas, podríamos concluir que el ser humano, a partir de ese momento, se convirtió en una especie invasora, teniendo en cuenta que empezó a romper las reglas básicas de convivencia entre especies que habían regido hasta ese momento.

Es verdad que lo que hemos conseguido como especie se ha logrado en gran parte por esa visión antropocéntrica que hemos tenido de la naturaleza, pero no es menos cierto que precisamente esa visión, más propia de Occidente que de Oriente, ha sido la que nos ha convertido en “especies invasoras” y nos ha llevado al punto en el que nos encontramos. También es cierto que el símil de la bañera no tiene en cuenta otros grandes parámetros que intervienen en el cambio climático, como son los cambios relativos de la posición de la Tierra respecto al sol, explicados por los “ciclos de Milankovitch”, o fenómenos más puntuales y menos conocidos como son las grandes erupciones volcánicas o el impacto de grandes meteoritos en la Tierra, pero los primeros tienen un efecto que se mide en millones de años y su influencia en términos humanos y no geológicos es mucho menos relevante y los segundos, por ser eventos puntuales y no predecibles, poco podemos hacer para evitarlos o prevenirlos.

Si tenemos claro que los grifos de la bañera sólo se pueden abrir y cerrar por nosotros mismos y que de no hacerlo a tiempo el agua de nuestra bañera acabará desbordando (en términos climáticos, que la temperatura media que alcanzaremos romperá definitivamente el delicado equilibrio climático terrestre y generará una serie de cambios a los cuáles nosotros, como especie, no sabremos adaptarnos a la velocidad requerida), entonces concluiremos que ya es tiempo de decidir qué hacer, cómo llevarlo a cabo y empezar a echar números para saber si llegaremos a tiempo. 

Me gustaría poder decir que éste es el único gran desafío al que nos enfrentamos y que el cambio climático es el gran problema que debemos solucionar para corregir los desequilibrios que hemos inducido al Planeta (la época geológica denominada “Antropoceno” define de forma acertada la época en la que nos encontramos). Pero lamentablemente no es así, el aumento de la concentración de dióxido de carbono con su consecuente impacto en el ciclo natural del carbono no es más que una de los efectos de nuestra actividad. Encontramos perturbaciones de igual magnitud en el ciclo del nitrógeno o el fósforo, por el uso abusivo de fertilizantes, en los distintos ciclos del agua, en la deforestación masiva de grandes superficies, en la propagación de plásticos por todo el Planeta o, a término, en la desaparición masivas de especies, tanto vegetales como animales. Todo ésto es la consecuencia de una especie que hemos crecido sin control y cuya expansión se está haciendo a costa de la supervivencia del resto. Con unas expectativas de crecimiento de la población que anuncian que a finales de siglo podamos alcanzar los 10000 millones, no es aventurado el afirmar que o cambiamos de rumbo o no habrá viaje que continuar. 

Las medidas que se deben aplicar en función de los distintos escenarios están definidas desde 2014 por el “Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC)” pero hasta la fecha han faltado dirigentes con el suficiente coraje para defenderlas y pueblos con la suficiente determinación para exigir su aplicación. Incluso existen dirigentes de importantes países fuertemente contribuyentes a la emisión de gases de efecto invernadero, como puede ser los Estados Unidos, que no solo no están cooperando sino que ponen en duda la existencia del problema. Echar la culpa a los políticos suele ser el camino más corto, pero no hay que olvidar que es el pueblo el que pone y quita a sus dirigentes y éstos, a término, aplican las políticas que sus votantes demandan. 

Como todo cambio brusco las medidas que debemos tomar corren el riesgo de ser traumáticas, pero el pasado nos ha enseñado que el mayor trauma se produce cuando no se reacciona a tiempo. El reloj corre en nuestra contra y el no sobrepasar el famoso umbral de los 2 grados a finales de siglo requerirá de medidas cada vez más drásticas. Si algo nos ha enseñado la actual crisis de la COVID19 es que la sociedad es capaz de asumir medidas a nivel global antes impensables (confinamiento, uso de mascarillas, limitación de los derechos de reunión, cierre selectivo de negocios,…) cuando la amenaza es clara y las palabras se convierten en hechos.  Y son precisamente ese tipo de medidas, aquellas que se deben aplicar nivel global, las que son necesarias para poder afrontar el desafío climático.

Este año va camino de romper todos los records y los efectos colaterales del aumento de las temperaturas se hacen cada vez más visibles: el deshielo del casquete polar, del permafrost, los grandes incendios o la virulencia de las tormentas y de los tifones no son más que algunos ejemplos, pero son claros indicadores de que el tiempo se agota. Es tiempo de reaccionar.

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